Saltar al contenido principal
Relatos10 de Mayo, 2026

Fé en mí

El otro día, que volvía del trabajo, me crucé con una señora a la cual no conocía, pero no pude evitar escuchar su conversación telefónica.

Pude notar en ella un gesto sombrío y un tanto apagado.

Le decía a su compañero de llamada algo así como: “Hablemos de sentimientos, que por no reconocerlos estamos como estamos”.

Bueno. Hablemos de sentimientos.

Hoy me sorprendo ansiosa.

Soy hija de la época, después de todo.
Una interesante sujeto en una escena de incesante ansiedad e inevitable estrés.

Siento un nudo en la garganta.
Me invaden de repente las ganas de entrar al chat de Lau y revisar nuevamente nuestra conversación.

Sé que encontraré un motivo para desatar mis lágrimas.

Pero estoy medio paso más adelante; ya sé que no se trata de él.

Reviso el panorama y veo las fechas de mis exámenes acercándose.

No debería asustarme. Leo mucho, asisto a todas las clases y presto la debida atención.

Entra por ahí.

El miedo es como un demonio que sabe qué cuerpo poseer.

De repente… el miedo a fracasar, a “no lograrlo”.

Tengo algunos proyectos e ideas hermosas acerca de cómo quiero vivir, que de pronto parecen totalmente lejanas.

Ya está, todo se torna más pesado.

Leer es más difícil, tomar una siesta se vuelve un desafío, reírme con mis amigas es un poco forzado.
Hablar con Lau es decirle adiós a doña paciencia.

De pronto estoy buscando desesperada refugiarme en sus brazos.

En otras ocasiones lo he hecho, pero paradójicamente tampoco he sido feliz, y menos me ha hecho olvidar el maldito temor a “no poder”.

Por el contrario
—y espero en esto no me juzgues—
lo he tratado mal, porque en el fondo sé que es tan solo una distracción para no enfrentarme a “intentarlo”.

Y también porque refleja mi profunda necesidad a causa de mi primitiva sensación de insuficiencia.

A veces necesito que alguien me abrace y resuelva mis problemas, que se encargue de todo.

Me da ganas de llorar, como si eso fuera a traer a ese alguien.

Solo los bebés lloran y son asistidos.

Tengo que parar…

Suelto el teléfono, respiro profundo y me recuerdo que no está pasando nada.

Decido salir a caminar.

Mientras, escucho que me vibra el celular.

Es el mensaje de un amigo querido.

Lo invito a caminar y accede inmediatamente, como quería yo: rápido.

Estoy al tanto… pretender que las personas estén para mí de la manera que quiero, cuando quiero, es solo una ilusión.

Pero mientras voy a nuestro encuentro, pienso en que vivir mi “ahora” es también abrazar la “ilusión” que al menos por hoy se disfraza de realidad.

Esto no es una exageración.

Charlie viaja el otro mes y quizá nunca vuelva a verlo.

Ya a su lado, mis brazos encadenados al suyo, siento el viento voraz sobre mi rostro.

Observo cómo pintan las calles: hojas del otoño mezcladas con nuestra basura.

Atrás de nosotros se escuchan pasos y voces que me resultan un tanto molestas.

Hoy es de gran utilidad caminar. Hablar también.

—Charly recomienda un masajeador de cabeza, o un hidromasaje. Más adelante, cuando él no esté, voy a probar sus recomendaciones—

Mientras, de a poco voy sintiendo mi cuerpo más relajado.

Así también va volviendo la fe en mí, de a poco.