Saltar al contenido principal
Relatos10 de Mayo, 2026

Pausa

Visualizo un camino, preparado para avatares de carreras.
Todavía nadie definió qué es una carrera, solo sabemos que es un camino.

Entonces, me pongo en posición igual que los demás,
y empiezo a correr a toda velocidad.
Corro intensamente y me canso.
Entonces me detengo,
agachada, con mis manos apoyadas sobre mis rodillas.
Respiro como un sabueso.
Me cuesta volver a tomar ritmo, pero no descanso.

Me obligo a seguir corriendo, entonces la segunda pausa viene más rápido,
solo que esta vez tardo más en ponerme en marcha.
Además, me duele la parte baja de la costilla derecha.

Voy igual. Ahí me ves,
con las pocas fuerzas que me quedan.

Me caigo.

Pero no puedo permitirme estar mucho rato en el piso, así que me levanto como puedo e intento seguir corriendo.
No termino de pararme bien, así que me vuelvo a caer.

Ahora estoy enojada.
¡Cómo puede ser que me caiga de nuevo!

Inmediatamente me pongo de pie e intento seguir corriendo.
Pero no tengo fuerzas.

Parece que estoy corriendo —porque estoy demasiado cansada— pero la verdad es que ahora estoy trotando,
a un paso demasiado lento.

Tengo el semblante como un tomate,
y mi ropa sucia y mojada de transpiración.

Oh, la transpiración…
más el viento frío sobre mi cuerpo al correr, me están haciendo enfermar.

Siento escalofríos.

Miro hacia atrás y veo que no he avanzado mucho.

Estoy tan enojada que al primero que me diga algo le pegaré una trompada.
Pero soy muy sensible, no puedo esperar a que alguien me diga algo,
así que bajo la frustración rompo en llanto.

Miro hacia delante y me doy cuenta de que todavía no se ve la meta, pues el camino es montañoso y con curvas.

Por ahora solo puedo ver que el camino es igual,
y mi estado…
todo lo que dije antes,
solo que ahora me arde la cara, la sal del sudor y mis lágrimas me están haciendo añicos la piel.

¡Dios! Voy a parar.

Siento que todo ha terminado.

Me acuesto en el piso, derrotada.
Me quedo allí, no soy capaz de levantarme.

Acostada sobre mi espalda, con las manos sobre mi pecho,
hago silencio mientras miro el azul del cielo.

Me aburro de esto.

Doy media vuelta y me acuesto en posición fetal.
En principio se siente bien.

Luego empiezo a llorar desconsoladamente.
Lloro por horas.

Cuando logro calmarme,
procedo a dar vueltas como quien sufre de insomnio.

Estoy aburrida, y empiezo a darme cuenta de que estoy viva.

Dejé de correr, me dejé estar en el piso por largos días,
y no he muerto.

Entonces pienso… ¿será que los demás ya han llegado?

Me acuerdo que hay otros, y siento vergüenza porque seguro han visto toda mi humillación.

Con mucha dificultad me atrevo a mirar a un costado.

Puedo observar algunos corriendo a toda velocidad (pobres, me recuerdan a mí, me da ganas de decirles que descansen un poco, pobres sus cuerpos), otros caminan lento, otros más lento, pero no detienen el paso. Otros están sentados, se los ve muy relajados (yo me pregunto por qué no están angustiados, qué les pasa, qué no les preocupa llegar tarde, ¿están locos?, pero no puedo negar que a la vez les tengo envidia y cierto resentimiento).

Miro hacia atrás y veo algunos a lo lejos.
Se los ve muy pequeñitos en la distancia como para discernir si están corriendo, caminando o gateando.

A todo esto,
me enojo.

¿Por qué nadie me está viendo a mí? ¿Qué a nadie le importa que haya caído hace varios días?

Bueno, a nadie le importa.

Empiezo a sentir cierta libertad.

Mientras me pongo de pie, pasa a mi lado un viejo, que al mirarlo me guiña un ojo y sigue trotando.